
os dejo por un tiempo, ni correos, ni escribir comentarios, ni facebook... no puedo con todo. Anoche un intenso dolor de espalda me llevó a urgencias.
No puedo dejar mi novela y menos ahora... pero si puedo dejaros un pequeño regalo para mis fieles que todavía visitan mi blog.
...El sábado veinticinco de Julio por la tarde Jacinto llegó muy pálido a casa. Mientras segaba con sus hombres había visto entrar en Sigüenza a cientos de soldados armados, primero muchos y luego más. Ordenó a su familia que se quedara en casa y él se fue a la escuela por si don Perico sabía qué estaba pasando. No le encontró pero oyó una radio demasiado fuerte que provenía de casa del señor alcalde, tenían una ventana abierta y se veía a varios del pueblo pendientes de las noticias.
Jacinto se apoyó en una esquina de la casa concejo y encendió un pitillo. Se hablaba de un alzamiento militar. Vio acercarse al Satur y al argentino con las manos en los bolsillos, no había nadie más en las calles. Los tres fumaron en silencio aquella noche de principios de verano del 36.
Dos días después subió a Sigüenza para hablar con Zacarías, y allí terminaron las dudas. Estaban en guerra. Acababan de matar al Obispo, don Eustaquio Nieto Martín, y al limosnero de la catedral. Soldados con fusiles hasta los dientes paseaban las calles con tanques. Escondiéndose llegó a casa de su amigo...
Jacinto se apoyó en una esquina de la casa concejo y encendió un pitillo. Se hablaba de un alzamiento militar. Vio acercarse al Satur y al argentino con las manos en los bolsillos, no había nadie más en las calles. Los tres fumaron en silencio aquella noche de principios de verano del 36.
Dos días después subió a Sigüenza para hablar con Zacarías, y allí terminaron las dudas. Estaban en guerra. Acababan de matar al Obispo, don Eustaquio Nieto Martín, y al limosnero de la catedral. Soldados con fusiles hasta los dientes paseaban las calles con tanques. Escondiéndose llegó a casa de su amigo...
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-Las tropas de Franco se acercan y esto es un polvorín a punto de estallar –le dijo éste mientras cargaba el auto con su familia ya dentro.
-¿Las tropas de Franco? ¡los nuestros!
-¡Escúchame bien, pregonero, qué te arreo una leche! –Zacarías sólo le llamaba así cuando se enfadaba- aquí no hay nuestros que valgan, nadie sabe quién ha matado al Obispo y al deán. Los nacionales están ya casi en Alcolea y van dejando un reguero de sangre. No sé sabe quién es quién... Mira –le dijo subiendo al auto- yo me llevo a mi familia a Pelegrina y tú coge a tu mujer y los niños y métete en casa... y ni se te ocurra venir por aquí hasta que Franco tome Madrid.
-Será cosa de meses, ya verás –dijo Jacinto viéndole marchar.
Bernarda quiso que su hermana se quedara con ellos mientras durara aquella locura de muertes, sangre, silencios y carreras. El asesinato del Obispo y de Anastasio, el limosnero, había sido demasiado grave para ella “no les bastó con matar curas en Oviedo, ahora me matan al señor Obispo de mi Sigüenza... ¿qué más puede pasar en una guerra?” preguntaba acariciando su vientre.
-¿Qué es una guerra, mami? –gritaba la pequeña Alicia, cansada de aquel silencio y sin poder salir, desde su caballito de madera.
Casi a finales de Septiembre y cuando la comida les empezaba a escasear pues los soldados les quitaban su ganado para comer, Micaela llegó del río llorando. Venía de lavar y allí se enteraban de todo.
-¡Dame el carro! –le ordenó a su hermana- me voy a por mis hijas y la niña Lucía a Sigüenza, ya no aguanto más...
-No puedes, Jacinto ha prohibido a todo el mundo subir allí.
-Me importa dos mierdas lo que diga tu Jacinto. El mes pasado cuando los nacionales asaltaron el pueblo y se profanaron iglesias quise ir a por ellas, y tu marido no me dejó. Ahora sé que mis hijas de leche están pasando hambre en el hospicio pues desde que bombardearon las vías del tren no llegan alimentos y cada vez hay más refugiados... tú los viste pasar por aquí. La aradio del señor alcalde no dice nada, pero la mujer del cartero ha dicho que se están violando monjas y matando curas y frailes por toda España... y yo me voy a por mis hijas porque la creo –dijo encaminándose a la cuadra mientras lloraba- y si no quieres que nos quedemos aquí nos iremos a mi casa...
-Voy contigo –le dijo Bernarda quitándose el delantal.
-Estás embarazá y te quedas aquí...
-Pero no estoy enferma y en mi casa mando yo. Mete un cordero al carro pal hospicio.
Dejaron a Juanito cuidando de la pequeña Alicia y las dos hermanas partieron hacia Sigüenza aquel veintinueve de septiembre, a primera hora de la mañana...
-Las tropas de Franco se acercan y esto es un polvorín a punto de estallar –le dijo éste mientras cargaba el auto con su familia ya dentro.
-¿Las tropas de Franco? ¡los nuestros!
-¡Escúchame bien, pregonero, qué te arreo una leche! –Zacarías sólo le llamaba así cuando se enfadaba- aquí no hay nuestros que valgan, nadie sabe quién ha matado al Obispo y al deán. Los nacionales están ya casi en Alcolea y van dejando un reguero de sangre. No sé sabe quién es quién... Mira –le dijo subiendo al auto- yo me llevo a mi familia a Pelegrina y tú coge a tu mujer y los niños y métete en casa... y ni se te ocurra venir por aquí hasta que Franco tome Madrid.
-Será cosa de meses, ya verás –dijo Jacinto viéndole marchar.
Bernarda quiso que su hermana se quedara con ellos mientras durara aquella locura de muertes, sangre, silencios y carreras. El asesinato del Obispo y de Anastasio, el limosnero, había sido demasiado grave para ella “no les bastó con matar curas en Oviedo, ahora me matan al señor Obispo de mi Sigüenza... ¿qué más puede pasar en una guerra?” preguntaba acariciando su vientre.
-¿Qué es una guerra, mami? –gritaba la pequeña Alicia, cansada de aquel silencio y sin poder salir, desde su caballito de madera.
Casi a finales de Septiembre y cuando la comida les empezaba a escasear pues los soldados les quitaban su ganado para comer, Micaela llegó del río llorando. Venía de lavar y allí se enteraban de todo.
-¡Dame el carro! –le ordenó a su hermana- me voy a por mis hijas y la niña Lucía a Sigüenza, ya no aguanto más...
-No puedes, Jacinto ha prohibido a todo el mundo subir allí.
-Me importa dos mierdas lo que diga tu Jacinto. El mes pasado cuando los nacionales asaltaron el pueblo y se profanaron iglesias quise ir a por ellas, y tu marido no me dejó. Ahora sé que mis hijas de leche están pasando hambre en el hospicio pues desde que bombardearon las vías del tren no llegan alimentos y cada vez hay más refugiados... tú los viste pasar por aquí. La aradio del señor alcalde no dice nada, pero la mujer del cartero ha dicho que se están violando monjas y matando curas y frailes por toda España... y yo me voy a por mis hijas porque la creo –dijo encaminándose a la cuadra mientras lloraba- y si no quieres que nos quedemos aquí nos iremos a mi casa...
-Voy contigo –le dijo Bernarda quitándose el delantal.
-Estás embarazá y te quedas aquí...
-Pero no estoy enferma y en mi casa mando yo. Mete un cordero al carro pal hospicio.
Dejaron a Juanito cuidando de la pequeña Alicia y las dos hermanas partieron hacia Sigüenza aquel veintinueve de septiembre, a primera hora de la mañana...
((la estructura de la novela, el lenguaje de cada uno de mis personajes, todo... me apasiona
titulo y más cuando la registre.))


























