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viernes, 4 de febrero de 2011

Suave...


Hay días suaves, tal vez llenos, en los que sabes que haces lo correcto, que vas por buen camino. Y le quieres, y te quiere, y sonríes... y casi tocas la primavera...

¡Música Maestro!

Hasta que encontró aquella pasajera solución, creyó volverse loco. Dentro de unos años... ya vería.

Cada noche cuando salía del teatro y llegaba a casa, ponía la manita de Yesco sobre el casset con la grabación del concierto que había dirigido esa noche. El pequeño estaba completamente dormido y así continuaba. Por el día visualizaba vídeos de sus actuaciones mientras Yesco jugaba con su mecano junto a él. Un enorme perro les miraba perezosamente desde la butaca más cómoda de toda la sala.
Hubo un tiempo en el que componía, pero dejó de hacerlo cuando le anunciaron la sordera de su hijo. Era un bebé de seis meses entonces. Sordera profunda, diagnosticaron. -¿ Y la música? -pudo pensar al fin- ¿ mi hijo nunca sabrá lo que es la música?
Yesco tenía cinco años y era inmensamente feliz, como cualquier niño rodeado de amor y ternura. Le gustaba jugar imitando a papá moviendo sus pequeños bracitos. Emitía débiles sonidos al reír que eran vitamina celestial para su familia. El pequeño no se separaba nunca de Guau, un perro amaestrado que le anunciaba los peligros que él no podía oír. Llevaban juntos dos años, se entendían a la perfección. Con U, cómo había aprendido a llamarle Yesco, le dejaban alejarse de los ojos de los mayores sin miedo a que le pasara nada. Pero esas escapadas sólo eran permitidas en la finca de los abuelos.
Por ello aquella mañana el chiquillo no dejaba de sonreír, mientras que con su naricilla apoyada en el cristal del coche de mamá, observaba a dos gigantes algodones blancos perseguirse por un cielo eternamente azul. U, recostado a su lado, apoyando la gran cabeza en sus piernecitas, olisqueaba con los ojos cerrados el aroma de la temprana primavera que se colaba por una ventana. Mamá sonreía a través del retrovisor mirando la felicidad, porque su hijo era eso si la felicidad existía. Las cuatro estaciones de Vivaldi envolvían un turismo rojo que engalanaba una solitaria carretera comarcal.
El abrazo a los abuelos fue fuerte y corto, no podía ser de otra forma estando la pequeña bicicleta en el garaje.
Yesco pedaleaba a golpe de ilusión por el sendero. U, a cappella, ladraba al aire corriendo a su lado. Los altos chopos se inclinaban a saludarle; vistosas mariposas danzaban ante sus ojos abandonando por un momento las flores de los almendros; el viento mesaba sus alborotados y suaves cabellos mientras la vida acariciaba su cara. De pronto, Yesco, se paró. U dejó de ladrar. El niño miró a su alrededor, al cielo. Las puntas de los altísimos chopos tenían ya hojas, jóvenes y tiernas hojas verdes. El suave viento las movía a la vez, de un lado hacía otro, hacia delante, hacia atrás, no paraban... Yesco no dejaba de mirarlas. Se movían todas a la vez... de un lado a otro, de un lado a otro... El niño se bajó de la bici e irguió su cuerpecito, echó la cabeza hacia atrás y emitiendo un leve ruido, comenzó a mover los brazos con su mirada clavada en las hojas que hacían cosquillas al cielo.
U, rompió el silencio, rompió el silencio con dos ladridos; dos ladridos, dos palabras: ¡ Música Maestro!.
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Éste es uno de mis relatos preferidos: el concierto de la Vida dirigido por un niño sordo.
Buen fin de semana a todos
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9 comentarios:

Alejandro dijo...

Este relato me ató a tu sensibilidad... y sigues creciendo.

Un abrazo.

(Viento en popa y a toda vela ¿no?)

Fernando dijo...

Precioso relato, sí señor. Muy bien escrito y con enorme sensibilidad. Es fantástico encontrar cosas así en el blog, aunque no es corriente. ¡Felicidades! Un cordial saludo.

fgiucich dijo...

Un relato inmenso!!! Abrazos.

Poeta del Cielo dijo...

bello relato de inicio a fin cautivante fino a flor de piel..

saludos
lindo fin de semana
abrazos

Nacida en África dijo...

Mi querida Mamen: Ahora sólo vengo a darte las gracias por haberme venido a visitar a mi nueva casa que es también la tuya. Volveré pero a leerte con tranquilidad.

Brisas suaves de mi tierra y los besos de siempre.

Anónimo dijo...

Solo tú podías escribir algo así...

Nacida en África dijo...

Mi querida Mamen: Es un relato lleno de poesía. Es la comunión de Yesco con la Madre Naturaleza y esa comunión llena el alma de felicidad.

Brisas de mi tierra y los besos de siempre.

Malena

P.D/ No te he dicho nada del libro porque lo estoy acabando. :)

Prometeo dijo...

Maravilloso, una delicia, sensible y bello, dulce y muy simbolico...una maravilla.
Un fuerte abarzo.

Alejandro dijo...

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