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jueves, 23 de enero de 2014

Mi pequeño Robin Hood

Creo que tengo el complejo de querer salvar al mundo. Compañeros, amigos, familiares. Vamos, que si un día me meto en política a mí me beatifican.

¡Y me llevo de cada palo…!

Digo yo que tiene que haber escuelas de esas donde enseñen a usar unas buenas orejeras para preocuparse solo de uno mismo. Como los burros: tó p’adelante. Muy listos no son, pero son felices. Y ahí es donde entran los chinos (¡Ay mi madre, ya la he liado!)
No piensan; ellos te dicen:
“Es que nosotros trabajamos todos, somos chinos”
¿Alguien ha visto un chino en paro alguna vez?
¿Y que en los chinos se venda un libro?
No
¿Por qué?
Porque no piensan. Como los burros.

Yo de mayor quiero ser china, luego burra, algo rumana y un poquito marroquí.

A veces me quejo de pasar tanto tiempo sola y me da envidia mucha gente, y es el tiempo el que te va descubriendo las mentiras, las apariencias de esa gente. Tan inseguras, tan perfectamente inseguras que pueden asustar. Y me doy cuenta de que me gusta ser de verdad. Espontánea, loca y mete patas. Y me gusta ayudar.
¿Cómo va a ayudar quien más necesita ser ayudada?
Los que se han molestado en conocerme saben que eso no es así.

Llevo días trabajando, como una china de las más inteligentes, en algo realmente precioso y que me llena sobre mi novela Claridad. Casi está acabado. Casi.