
'Un lluvioso día al llegar al hospital para comenzar mi sesión de rehabilitación, me encontré a una mujer joven en silla de ruedas acompañada de otra mujer mayor. La prominente barriguita de la joven me hizo pensar que estaba embarazada (inconscientemente unía hechos tan normales, como esperar un hijo, a mujeres en silla de ruedas). Pasé por delante de ellas. Iba cerrando el paraguas cuando el comentario de la mujer mayor me paró en seco...
- Mi hija andaba como tú.
“¿ Y cómo cojones ando yo?” le quise preguntar, pero en su lugar la miré casi con miedo y presté atención a su imparable e inevitable “conversación”.
- Tú eres la hija del guardia civil -no preguntó pero yo asentí. Un momentáneo flash me mostró mi pequeña ciudad, reducida a límites insospechados.
Aquella mujer me contó en cinco minutos su vida y la de su hija, ella, no hablaba, ni gesticulaba, ni se movía, tan sólo una apagada sonrisa se dibujó en su rostro cuando pregunté si estaba embarazada. La madre se río con tres estridentes e histéricos ja, ja, ja, y enseguida me dijo que no. Siguió relatándome que era una “mártir”, que había hecho todo lo humanamente posible por su hija llevándola a los mejores médicos del mundo, gastando en ella cantidades astronómicas de dinero, más que en sus otros hijos al costearles una carrera universitaria ( ¿ Cómo se atreven los humanos a medir el amor con el dinero? )..., y aquella mujer castrante, acabo diciendo... -¿ Y para qué? ¡ Ya ves como está!-...
“¿Y ella qué siente?”, me hubiera gustado preguntar, y sin embargo, clavé mi angustiada mirada en la hija como me ordenó la madre, pero tuve que apartarla, me destrozaba su tristeza y abandono, como si ya le diera todo igual. Con ojos húmedos miré hacia el ventanal, una lánguida lluvia lloraba sobre las flores. Reprimiendo las ganas de vomitar mi rabia e impotencia, les dije que me estaban esperando y me fui caminando más torpemente que nunca, sin poder levantar la vista del suelo.
Al llegar al gimnasio ni siquiera saludé. Me encaminé a los vestuarios y me senté en un banco pegado a la pared. Lloré en silencio o maldije mi suerte con lágrimas. Al rato de estar allí apareció mi Fisioterapeuta.
- ¿ Qué haces aquí? ¿ Hoy no piensas entrar?-al darse cuenta que estaba llorando, se sentó a mi lado- ¿ Qué ha pasado, te has vuelto a caer?
Pero de mí sólo obtuvo una pregunta,
- ¿ Me voy a quedar como ella?-dije en un hilo de voz.
- ¿ De qué hablas?
Como pude le conté lo que había pasado. La fisio rodeó con su brazo mis hombros y mientras limpiaba las lágrimas que recorrían mis mejillas, dijo:
- Cada persona es un mundo, en el terreno de la enfermedad más. Nunca las enfermedades afectan a dos personas por igual, ni aunque sea la misma. Que los síntomas sean iguales o parecidos no quiere decir que siempre la enfermedad evolucione igual. Déjame que te diga una cosa, May -cogió mis manos y mirándome a los ojos siguió hablando- te aseguro que no te vas a quedar como ella, no lo vas a permitir, no sé cómo ni cuándo pero algún día despertará la luchadora que pr

esiento hay en ti. Pero mientras, te haré trabajar como nadie.
Y después de darla un beso nos levantamos y abrazándome a sus palabras, la seguí al gimnasio.'
-pag 54, Fotos de un Adiós-
Esto ocurrió de verdad, aunque al narrarlo está novelado, y aún a día de hoy no logro comprender porqué me lo dijo. Me hizo un daño atroz, que se pasó durante el fin de semana con mis amigas (entonces SÍ las tuve) pues yo estaba en la edad del pavo, pero me juré que jamás iba a decir nada parecido. Y nunca lo he hecho, y claro que he visto a gente que andaba como yo. Ésta mañana mismamente, y te quedas ... ¿mal? al menos no muy bien.